Shakira y la historia de un crossover
“La música de Shakira no se parece a la de nadie”, dijo Gabriel García Márquez en un perfil de 1999 para la revista Cambio que resultó ser, de cierta manera, profético. ¿Cómo se materializó en el mercado estadounidense esa rareza y cómo se rompió la barrera –hoy en día inexistente– que separaba al pop hispano del anglo? Esta crónica reúne, veintiséis años después, voces del círculo cercano de esa joven Shakira y se detiene en el contexto sociopolítico del fin del milenio para arriesgar una respuesta.
POR Teresita Goyeneche
©Wikimedia Commons
Somos hijas de nuestro tiempo.
En la prensa había una página diaria para las reinas de belleza, otra para las estrategias de Estados Unidos que delegaban con gran éxito la oferta de servicios públicos a las empresas privadas, otra para Gaviria y Fidel por buscar la integración económica latinoamericana, otra para Samper porque perdió la visa, otra para Pastrana, que quedó plantado junto a una silla vacía. En ese tiempo nuestro pasaron por el planeta el huracán Andrew y Pablo –Escobar–, el reo ausente. Eran los días cuando decir “Gloria” quería decir Estefan. Veíamos las noticias en familia cenando fríjoles con arroz. Ahí escuchamos que la única salida que tenía Irak era derrocar a Saddam y que triunfar era hacerlo en inglés porque esa era la lengua franca del mercado del mundo. Una geografía sin fronteras donde las disputas parecían tener su único sitio en la oferta y la demanda. Pensábamos que ya lo peor había pasado. La felicidad estaba a la vuelta de la esquina y cada vez más vecinos tenían antena parabólica, ese artefacto que llegó para enseñarnos sobre un mañana que se acercaba como gotas de lluvia.
Esa fue la época y el canal era MTV.
Aplausos. Gotea sobre el tambor. Las notas del piano caen como fichas de dominó. En pantalla, un escenario iluminado de azul y púrpura. Shakira está en el centro sentada en un banco de piernas largas; sus músicos están detrás. Viste pantalones de cuero marrón y una camiseta del mismo color. Un mechón rojo sangre cae sobre su mejilla. Tiene cara de niña, pero no nos detenemos a pensar en su juventud. Es su erudición lo que nos cautiva. En el público alguien grita: “Shakira”, y otro responde: “Colombia”. La fecha es 12 de agosto de 1999, el final de los tiempos. El lugar es el Manhattan Center Studios, el centro del universo. Shakira graba un Unplugged para el canal mtv Latinoamérica y se consagra ahí como la cantante y compositora que a los veintidós ya ha conseguido todo lo que soñó desde que tenía cinco.
Un par de años atrás se le había ocurrido la letra de una canción mientras se duchaba en su apartamento de Miami Beach. Grababa entonces su cuarto álbum, ¿Dónde están los ladrones? Había pasado la noche trabajando en Crescent Moon, el estudio de su productor y mánager internacional Emilio Estefan, así que se levantó tarde y fue directo de la cama al baño. Afuera la esperaba Irma Martínez, su estilista de moda, con quien tenía programada una prueba de vestuario. Ese día no había novedad en la propuesta porque lo de Shakira era un uniforme diseñado meticulosamente entre estilista y cantante: el mismo modelo de pantalones –casi siempre de cuero– en diferentes colores con camisetas teñidas en una olla para dar con el tono exacto del pantalón. No era inusual que Shakira se demorara en llegar a las citas, así que Irma se quedó un par de horas haciendo visita con Nidia Ripoll, la madre de la cantante. Cuando por fin salió del baño enrollada en una toalla, tenía en su mano la letra de la canción con que abre este Unplugged, “Octavo día”, un ensayo lírico que critica el culto a la personalidad, la velocidad impuesta por los medios de producción y la corrupción del sistema político. ¿Qué pensaría Dios de esto?, se pregunta la joven cantante.
Hay varias victorias sobre ese banco: años de sacrificios y fracasos, la perseverancia de acero de una niña que trabaja desde que tenía diez años, la chica de diecisiete que en 1994 –y después de un ultimátum de Sony Colombia– grabó “Dónde estás, corazón” y transformó la historia de la industria de la música en el país. La misma muchacha que llegó un día lluvioso al estudio de grabación de Luis Fernando Ochoa en el Parque de la 93 en Bogotá y reconoció, como quien ve por primera vez al amor de su vida, a quien sería su aliado más longevo. Ochoa saca su guitarra, le presenta unos acordes y en cuestión de minutos ya tienen una canción, luego otra. “Quedamos bastante electrocutados por esa experiencia”, dirá el productor años después. “Habíamos descubierto algo que ninguno de los dos sabía que existía… Química”. De ese encuentro sale en treinta días Pies descalzos, un álbum que le regaló palabras nuevas a una generación que parecía borrada por la guerra sin fin y el estigma del narcotráfico. Y, sin desconocer todo eso, quiero que también pensemos en una pequeña victoria personal quizás igual de significativa: la cantante, que a estas alturas del Unplugged toca con la armónica la melodía de “Dónde están los ladrones”, lleva meses empeñada en convertir su emblemática melena negra en roja.
Todo comienza de manera inocente: Shakira le pide una recomendación a su mentora, Gloria Estefan. Quiere hacerse un cambio de look y aún no sabe bien cuál. Va a un salón de belleza en Coral Gables y después de seis horas de tintes el resultado es desconcertante: unas mechas rojizas
que solo se notan cuando les da el sol. Motivada por la decepción, Shakira se empecina. Presiona a Marco Peña –quien antes de ser su asistente personal era un prestigioso peluquero en Bogotá– para que la ayude a conseguir el color, él se resiste porque no tiene permisos para ejercer en Estados Unidos, no tiene acceso a productos especializados. Pero ella es terca y lo convence. Así, el proceso de volver rubio lo negro para luego convertirlo en rojo toma más de dos meses a punta de decolorantes de farmacia. Un día en Los Ángeles, durante una gira de promoción, Shakira entra a una tienda de belleza y en el pasillo de productos punk encuentra por fin el rojo de sus sueños. Este mismo rojo que lleva en el Unplugged y también en el video de “Ojos así”.
La obsesión por cambiar de pelo deja ver algo más profundo. Intuyo que ese algo vive en la explosión subversiva de su carrera y en la comprobación de que su destino sí es el que ella juraba que tendría desde que lanzó su primer disco en el noventa y uno cuando tenía catorce años. En las entrevistas que hay de la época ella repite un guion: está lista para “internacionalizar” su carrera. Shakira niña nunca busca ser una artista local sino una estrella que cruza fronteras. Solo que no es así de fácil. Demasiado baja, demasiado morena y hasta medio gordita según las normas estéticas del espectáculo nacional. Según escribió María del Rosario Sánchez, mánager de la cantante a principios de los años noventa, todos en Bogotá pensaban que Shakira era demasiado “loba” y por eso era difícil conseguirle contratos. Con los años, Shakira misma, poseída por la confianza que ganan las mujeres cuando cumplen treinta, resignificará y convertirá su ser licántropo en estandarte de su performance. En todo caso, ya ese lastre que arrastró durante una época, de nuevo, ha quedado atrás. En el noventa y nueve, Shakira es un ícono de la moda rockera y oscura, eso y su voz le dan un aura de hechicera que ella misma se ha encargado de construir.

Durante una entrevista con Katie Couric en 2009, Shakira recordará un viaje en carro de Barranquilla hacia la playa en Puerto Colombia cuando tenía 5 años. William Mebarak, su padre, conduce el auto. Hace tres años que el mayor de sus nueve hijos –ocho con su primera esposa y una con Nidia– murió en un accidente. Shakira, la menor e hija única, es la luz de los ojos del padre, y ella, que lo idolatra, lo sabe. Ese día en el camino de la ciudad a la playa, William escucha cantar a su pequeña y se da vuelta con un gesto de asombro nuevo. Es la primera vez que Shakira experimenta la admiración de alguien ante la exposición de su talento. El vibrato, le repite el padre, la magia está en el vibrato. Desde ese momento lo supo: cantar, bailar, ser vista, cambiar el mundo, hacer feliz a padre y madre. Ese era su destino y ahora ahí, frente a las cámaras de MTV, ha llegado donde ningún otro colombiano ha logrado llegar jamás.
Tan solo en los últimos meses del milenio la artista recibe los premios más codiciados, venciendo a cantantes que dominan la escena latina del pop desde los años ochenta como Ricky Martin, Juan Gabriel y Chayanne. En Colombia, la revista TV y Novelas la reconoce como la artista del siglo; el día de la premiación, Shakira pelirroja saca su pasaporte colombiano y dice que es el objeto que más orgullo le produce. La revista Semana afirma que Shakira es una de las marcas más exitosas del país, y con Pies descalzos la disquera Sony Colombia se ve obligada a inventarse un premio para quienes superan el millón de discos vendidos. Dennis Murcia, que tenía el prestigio de ser productor de la banda barranquillera Los de Adentro –grupo que ganó relevancia durante esos años y luego desapareció–, ocupaba en esos días el cargo de mánager de Shakira para Sony Music. Dennis no olvida que durante la celebración del multiplatino de Dónde están los ladrones, Shakira aún pelinegra se le acercó a Carlos Gutiérrez, director de Sony Colombia. Estaba dudosa y quería saber si realmente se habían vendido las 360 mil copias que representaban el multiplatino.
–Carlos, dime la verdad –insiste.
–Hemos vendido 120 mil –responde Gutiérrez.
Shakira asiente y su confianza se vuelve apabullante: no se ofende y sin decirlo aprueba la estrategia. “Cancherísima”, dice Dennis. No estaba frente a una joven cantante en el catálogo de una multinacional. Shakira misma era una multinacional en expansión.
Entre tanto, Gabriel García Márquez escribe sobre ella para la revista Cambio y le da la bendición augurando que el próximo –o sea, 2000– será el año de esta “barranquillera de hueso colorado [que] desde el mundo entero y desde las nubes de su Olimpo añora las huevas de lisa y el bollo de yuca”. La conocerán en la parte del mundo donde no han escuchado su nombre, dice Gabo, porque está haciendo su primer álbum en inglés. Está por hacer el gran crossover, que es como nombró Billboard en los cincuenta a la entrada de músicos negros a las listas mainstream de la música. El mismo término que desde los setenta se usa para hablar del tránsito que hacen los artistas hispanos al mercado anglo.
En el New York Times, Guy García reflexiona sobre un latin boom que integran Jennifer López, Elvis Crespo, Ricky Martin, varios otros y Shakira –la única referencia que no es estadounidense–. Una explosión que sigue siendo en 1999, según el crítico, un gigante dormido limitado por la barrera del idioma y “la consternación de los consumidores ante una plétora de estilos rítmicos complejos”.
Esa misma chica que pocos años atrás se presentaba en cuanta primera comunión, quinceañero, fiesta de supermercado, festival regional y reinado de belleza recibe un día la invitación de MTV para hacer el desconectado, y duda. Sebastián Krys, ingeniero de sonido de ¿Dónde están los ladrones?, dice que Shakira consulta a varios colegas. Se pregunta si de verdad es buena idea arriesgar el furor del nuevo álbum que ya bate récords en venta, a pesar de nunca haberlo presentado en vivo. Aceptar la invitación es creer que a pocos meses de haber parido una genialidad inédita podrá hacer una versión alternativa, si no mejor, por lo menos igual de buena frente al disco. Entonces Shakira, que siempre ha sido una mujer de fe, acepta y se entrega tanto al Unplugged como a su cabello. Llegado el día, expone su transformación ante millones de personas de ese mundo cada vez más conectado que le tocó.
Shakira pelirroja canta ahora “Ciega sordomuda” acompañada por los mariachis Mora Arriaga y también por varios de los músicos que desde ese día la seguirán acompañando durante el resto de su carrera. Tim Mitchell, el guitarrista de Detroit que se ha sumado recientemente a su banda, lleva un sombrero de charro mexicano. También está el percusionista Brendan Buckley, que como Shakira tiene veintidós años. Ella juguetea con el baile, golpea las botas contra el piso mientras le ofrece la potencia de su vozarrón a la solemnidad de este himno:
“Ayy, y ayy, y ayy, y ay, ay, ay, ay”.
Antes de pasar a la siguiente canción, grita:
–¡Que viva México!
Y enseguida:
–¡Que viva Colombia!
La audiencia enloquece. Shakira, con las mejillas húmedas
de sudor, se detiene. Inhala, arruga la nariz, y dice:
–¡Que viva nuestra latinidad!

En ese momento nació la Shakira US latina, dice la crítica María Elena Cepeda, y citando a Simon Frith escribe que una de las principales funciones de la música pop es proveer “identificación placentera”, esa irrigación de éxtasis que se esparce por el cuerpo cuando el ritmo o la letra de una canción te hace sentir que no estás solo en el mundo. El pop no transgrede, el pop crea comunidad y acompaña. Por eso, aquella tarde en Manhattan, Shakira le da de beber a una audiencia latina huérfana de referentes, siendo ella ahora uno de estos.
Para cerrar la grabación, Shakira entona finalmente “Ojos así”. No hay nada más seductor en la Shakira de veintidós años que su canto en esa canción. Nos sentimos atrapados por el tono grave e inesperado, las letras en árabe, la plegaria al cielo que nos protege y nos envuelve. Ningún reto más atrevido y tampoco uno más suyo. Devolvamos el tiempo a 1980 para entender de dónde viene este arrojo. La bailarina de danza árabe Adela Vergara saca a bailar a la hija de William y Nidia en medio de su usual show en el restaurante Biblos. Esa noche, al compás del derbake, en ese comedor frecuentado por los descendientes de la vasta migración siria, palestina y libanesa de Barranquilla, la niña de cuatro años imita los movimientos de Vergara con una naturalidad impresionante, un prodigio que los comensales les atribuyen a las raíces árabes heredadas de su padre. Esa danza se vuelve parte de su repertorio de estrella local infantil. De niña interpretará la danza vestida con un traje de Mi bella genio. Ahora de adulta, Shakira lleva un velo que ella misma diseñó con Irma. Se lo amarra a la cadera exclusivamente cuando interpreta la canción. Por varios días ha experimentado con la cantidad de chaquiras y lentejuelas suficientes para darle peso, sonido y movimiento al que desde entonces se convertirá en uno de sus accesorios estrella. Nada tan barranquillero en Shakira como ser libanesa y que, al tiempo, con ese baile de cierre, devastador y tierno a la vez, la artista se presente al mundo. Esta soy yo, dice. Mucho gusto.

Adela Vergara, profesora de danza árabe de Shakira.
A principios del año 2000 Shakira recibe una reverencia. Hay perplejidad y éxtasis en el ambiente. Es algo muy nuevo, su voz ha llegado a tal madurez que a veces se confunde con un instrumento raro: sus letras leen el espíritu de los tiempos del nuevo milenio, híbridos, irónicos, románticos, inciertos. El Unplugged se lanza en Latinoamérica y por primera vez un desconectado en español es transmitido en mtv global. Emilio Estefan, productor del Unplugged, se deshace en elogios para Shakira, dice que es una “mujer del año 2000: creativa, en control de su carrera y con la inteligencia para hacer lo que tiene que hacer”. Con este disco, la cantante recibirá en 2001 su primer Grammy americano por Mejor Álbum Pop Latino. Gloria será quien le dé el galardón la noche de la premiación. Como se le hará costumbre, hija ejemplar y la cara amable de Colombia, le dedicará el premio al país. A pesar del éxito, poco tiempo después del lanzamiento del Unplugged se disuelve la alianza entre Shakira y los Estefan. No habrá un disco de éxitos traducidos al inglés con un par de canciones inéditas en español —que es la fórmula Estefan para presentar artistas latinoamericanos en el mercado anglo—, sino un álbum completo de canciones inéditas en inglés, y para hacerlo la cantante ha decidido que necesita un mánager a tiempo completo, así como construir su propia versión en otro idioma.
Lleva años estudiando inglés por su cuenta, a la espera de que llegue este momento, y como es usual en ella, se empecina. El objeto de su obsesión es escribir canciones en inglés. Lo hace con la ayuda de un diccionario de sinónimos y de libros de poesía norteamericana. Lee a Walt Whitman, a Leonard Cohen y a Bob Dylan. Aprovecha la extrañeza que le ofrece la lengua para estimular su creatividad y encuentra señales en todas partes que la devuelven constantemente al papel. No está imitando a nadie, pero sigue con juicio las tendencias. Así escribe su primera canción en el nuevo idioma, “Objection”. El proceso de escritura de su quinto álbum ocurre mientras viaja por el mundo con su tour, Anfibio, y mientras se enamora de Antonio de la Rúa, con quien comienza una relación que durará diez años. Va patrocinada por Nokia y Calvin Klein. En esos meses abandona el pelo rojo, se vuelve naturalmente rubia dejando atrás y para siempre a su versión pelinegra de nacimiento y la danza se cuela en su repertorio como otra de sus lenguas iventadas. Su cuerpo empieza a fungir como confluencia que desafía la consciencia nacional e incluso latina, esa misma que su música hasta entonces ha exaltado.
Aunque graba algunas canciones en Crescent Moon, como “Whenever, Wherever”, es en Nasáu, en las Bahamas, donde encuentra su lugar. En el Compass Point, el estudio de grabación de discos de los Rolling Stones, Talking Heads y Grace Jones, la cantante termina de producir el álbum. A la temporada que pasa en la isla la describirá después como un tiempo terapéutico. “Enamorarse, música, enamorarse, música... esa combinación de cosas fue como agua y detergente. [...] Es algo que le recomiendo a todo el mundo. El mundo debería pasar por un servicio de lavandería”.
El 13 de noviembre de 2001 se lanza por fin Laundry Service. En la portada, Shakira lozana y de rizos de oro insinúa llevar el torso descubierto como si fuera una diosa recién nacida. Carson Daly presenta el álbum en su programa de mtv como si él mismo hubiese asistido a ese nacimiento. Estupefacto, el mundo hispano ve en Shakira rubia un intento de americanizarse, pero ella ya es inmune a la crítica y la suspicacia. El lunes siguiente, un par de horas antes de que Billboard lance los rankings de ventas de discos y éxitos de la semana, Tommy Mottola, presidente de Sony Music, se reúne con algunos colegas, entre ellos Emilio Estefan y Jairo Martínez. Cartagenero de nacimiento, Martínez es quien presenta a Shakira con Emilio en 1997 después de quedar deslumbrado por “Dónde estás, corazón”. Como promotor de Sony en Miami, Jairo adopta a Shakira sin que nadie se lo pida porque ella se vuelve su cantante favorita. “Enshakirado”, como él mismo dice, Jairo es quien más creyó en el potencial internacional de su carrera después de Nidia y William. Por eso, cuando Mottola pregunta cuántas copias creen que vendió Laundry Service en esos primeros días, y empiezan las apuestas, Jairo se queda callado. “50 mil”, dicen. “100 mil”. Finalmente, Jairo se pronuncia: “350 mil”. Todos se ríen, incluido Mottola, que entre carcajadas le dice: “Get real!”. Esa tarde, Billboard publica que se han vendido 380 mil copias. Cuando le preguntan a Jairo de dónde sacó esa cifra, él responde que esa era la base de fans latinos que Shakira tenía en Estados Unidos. Lo que vino después fue una sorpresa. El disco vendió en total trece millones de copias en todo el mundo. Desde entonces, cada vez que Emilio o Mottola se e cuentren con Jairo, le dirán: “Hey, Jairo. Get real!”.
Hoy vivimos otros tiempos. En este cuarto de siglo, la prensa ha pasado a segundo plano y el afán por devorar cada pedazo de información y placer posible nos pone a cenar arroz con frijoles escarbando nuestros teléfonos. Queremos tener acceso a la última noticia, queremos la suerte de ser testigos, en vivo y en directo, del parto de una supernova o del apocalipsis. Para mantener relevancia se hace prioridad actualizar el feed varias veces al día. En este nuevo mundo que ella misma ayudó a construir, Shakira es hoy una artista de culto. Una diminuta y poderosa deidad
a la que el tiempo parece no marcarle el cuerpo. Empresaria y filántropa, ha producido doce discos, rompe récords en sus conciertos, hace ventas millonarias de perfumes y productos para el pelo, es embajadora de buena voluntad y tiene una fundación. Un imperio que –en contraste con su versión de veintidós años– gira alrededor de su imagen y su personalidad. Parece que lo único que Shakira no puede hacer es dejar de producir. Quizá por eso, en medio de la adoración, a veces nos olvidamos de la novedad y el asombro de los primeros años; del mito fundacional de la
joven que salió de la nada y se atrevió a ser más de lo que le dijeron que era posible. Pero para mitigar el encandilamiento siempre podemos volver a ella: a la barranquillera de hueso colorado, a la chica delirante frente a las letras de Whitman, a la niñita de sonrisa enorme vestida de Mi
bella genio. Podemos detenernos a pensar, sin afán, qué ha sido de nosotros a su lado. Podemos detenernos a recordar lo que sentimos cuando cantamos sus himnos. Mientras lo hacemos, acariciamos la historia. Y de esa historia nos quedará siempre la leyenda.
Todo el material fotográfico fue proporcionado por la autora y pertenece al archivo de la revista TV y Novelas.
ACERCA DEL AUTOR
Magíster en artes con énfasis en escritura de no ficción de la Universidad de Columbia. Fue finalista de los Premios de la Sociedad Interamericana de Prensa a la Excelencia Periodística en 2017. Ha colaborado con medios como Vice, Factum de El Salvador y la cadena televisiva Univisión, entre otros.